La desembocadura del río Anllóns. Primera Parte
Recomendada por un amigo del grupo Costa da Morte 2.0, me encaminé hacia Corme y sus proximidades. En mi mente ideé un cálculo de todas las cosas que podría ver en una tarde, pero en nada se parecía al que fue el resultado final. De camino a la villa, paré el coche en Ponteceso. Me gustó el puente que se encontraba sobre el río Anllóns. A lo lejos, unos hombres, subidos en una lancha motora, se dirigían hacia la orilla. Lo hacían de un modo tan sigiloso que ni las aguas del río se movían a su paso. Me pareció un encuadre tan bonito que no me pude resistir y comencé a fotografiarles bajo el reflejo del sol. Cuando mi cámara ya podía distinguir sus caras, sin embargo, decidí dejar de hacerlo para que no se sintiesen incómodos.
Me senté en el césped. A mi derecha podía divisar a aquellos hombres; a mi izquierda, el Puente. Cuando ya me iba a levantar para continuar mi camino rumbo a la villa del percebe, me percaté de que la hierva sobre la que me había sentado estaba llena de margaritas. ¡Genial!, ¡Al fin conseguiría la fotografía que buscaba para representar el inicio de la primavera en la Costa da Morte! Y qué mejor sitio que allí…
Mi viaje parecía ir 'viento en popa', sin embargo, unas pequeñas gotas de lluvia empezaban a caer sobre el cristal de mi coche y los limpiaparabrisas comenzaban a funcionar con fuerza, cada vez más. Mi cara cambió de expresión de un momento a otro y temía tener que regresar a casa sin a penas ver nada de lo planeado. Llegué a una rotonda. Uno de los carteles indicaba que a mi izquierda se encontraba el Mirador de Monte Branco. Ese era uno de los lugares en los que mi amigo Manuel había hecho más hincapié. “La desembocadura del río, no te pierdas la desembocadura…”, me dijo, así que allá me fui.
Subí con el coche hasta lo alto. La lluvia había parado, al menos, por unos minutos. Era el momento de salir y continuar con mi expedición. Primero -y para no romper con las costumbres-, un recorrido visual: la desembocadura del río, las montañas que envolvían a pueblos enteros situados a las orillas del mar y el sol -cada vez más bajo- reflejado de un modo inigualable en el agua. Por fin había llegado la hora de coger mi cámara –hasta ese momento colgada al cuello- y comenzar a fotografiar. Sabía que aunque mis palabras sirviesen de ayuda para comprender la grandeza del lugar, las fotos serían la muestra definitiva de aquel hermoso paisaje que tenía ante mi.


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