domingo, 21 de marzo de 2010

El Cabo de Santo Hadrián


Mi visita a Malpica continuaba. Sabía que sería buena idea ir al Cabo de Santo Hadrián -para muchos San Adrián-, y hacer unas panorámicas de la villa. Así fue. Corría bastante viento, puede que incluso más que en el puerto, pero nada que no se pudiese soportar. La ermita era preciosa. Estaba muy bien cuidada. El césped, de un verde intenso, invitaba a pasear por allí. Por el lateral de la capilla se podía ver absolutamente todo el pueblo malpicán. A mi derecha, un poco más escondida, la playa de Seaia. Era más pequeña que la principal pero daba la impresión de ser un lugar agradable, además de estar muy limpia -algo que debo destacar, ya que no sucede así en algunas playas de nuestro litoral gallego-.


Antes de emprender mi viaje leí en un libro que en las proximidades de la ermita se encontraba una fuente que se dice que tiene propiedades curativas en enfermedades de la piel. Allí me la encontré. Me pregunto si realmente habrá servido de ayuda a alguien en sus problemas cutáneos…

Cuando ya iba a subir al coche para proseguir con mi viaje, un señor se acercó a mí y me dijo que podía hacer tantas fotos como quisiera. Estaba claro que ese comentario tenía que ver con que llevase mi cámara réflex colgada del cuello. Yo le respondí amablemente que así lo había hecho y que las vistas eran preciosas. El hombre se emocionó, se veía que le gustaba mucho el lugar. Al principio pensé que sería el párroco de la capilla -por su apariencia y su forma de hablar-, pero luego él mismo me aclaró que era el dueño de una de las casas que se encontraban en las proximidades del lugar.


A modo anecdótico el señor me comentó que hace algún tiempo, un mes de diciembre, un chico -que al parecer era biólogo-, acampó frente a su casa con un simple saco de dormir. Según me explicaba, en las islas hay varias especies de aves que habitan en las islas Sisargas -que están en peligro de extinción- y este chico quería estudiarlas. El vecino me contaba que él se ofreció a dejarle dormir en su casa porque sufría viendo al joven dormir en el césped en pleno invierno. Sorprendentemente, el biólogo rechazó su oferta.

Puede parecer curioso todo esto que cuento pero, sin embargo, creo que es un claro ejemplo de la amabilidad de los habitantes del lugar y de lo mucho que se aprende escuchándoles. Si no me hubiese parado a conversar con ese vecino probablemente no lo sabría.

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Laxe, Tierra de marineros

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