El Puerto de Malpica
Llegaba el fin de semana y por fin el momento de elegir qué rumbo tomar. La verdad es que no tenía muy claro por dónde empezar pero al mirar hacia el mapa de Costa da Morte decidí que mi primer destino tenía que ser Malpica.
Comenzaba la aventura, tal y como adelantaba en el post anterior, pero no sabía muy bien cómo. Tras varios desvíos en la autopista (hacia la AC-414) llegué a mi destino: Malpica de Bergantiños. Una travesía en pendiente -al parecer característica del lugar por ser el único acceso de la villa-, me llevó directamente al puerto.
Me bajé del coche, cogí mi cámara de fotos y miré a mi alrededor. Hacía bastante frío y lloviznaba por momentos pero eso no me impidió seguir mi camino. A primera vista todo era llamativo, sin embargo, mi mirada se fue directamente a las construcciones de las casas. Los edificios, en general de poca altura, estaban pintados cada uno de un color distinto, como si de una pintura al óleo se tratase. Sus formas, además, también me llamaron la atención porque ninguna se regía por una norma específica de urbanización, tan de moda en la actualidad.
Hice un rodeo por el muelle hasta llegar al otro lado del puerto. Subí unas escaleras y llegué a lo más alto. El viento azotaba todo lo que encontraba a su paso. Las gaviotas volaban con dificultad y hasta yo veía complicado llegar al extremo de ese mirador para sacar una buena foto. Las farolas, la mitad de ellas rotas y con agua en su interior, se tambaleaban con fuerza y daba la sensación de que de un momento a otro caería alguna. Por suerte, no fue así. Pude sacar mi foto y regresar al muelle de nuevo. Decidí irme hacia la otra entrada del puerto y desde allí llegué a una de las calles principales.
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