jueves, 1 de abril de 2010

Una tarde lluviosa por Corme


Había quedado tan fascinada con lo bonita que era la playa de Balarés y lo bien preparada que estaba, que dudaba que pudiese encontrar algo más hermoso esa tarde. Cogí rumbo a Corme, pese a todo, y me acerqué al faro del Roncudo. Nunca había estado allí, al menos que yo recuerde. El día veraniego que había tenido en la playa de Balarés no me quiso acompañar el resto del camino y la lluvia era cada vez más intensa.

Me desvié hacia el puerto y luego continué hasta el faro. Tras unas cuantas curvas llegué al deseado monumento. Pude observar un pequeño cambio con respecto a otras fotografías antiguas que había visto del faro antes de ir. Junto al faro, una cruz formaba parte de la composición perfecta de aquellas hermosas vistas. Las rocas, salpicadas por estas cruces, simbolizan la muerte de los tantos y tantos “percebeiros” que arriesgaron sus vidas para recoger un manojo del tan preciado marisco por esa costa. Un trabajo, sin duda, con un índice de peligrosidad altísimo y que, sin embargo, muchos no valoran.


De regreso al puerto, me paré en un mirador para fotografiar la puesta de sol. No me pude contener. La combinación del cielo gris, con las nubes y los destellos del sol reflejados en el mar, hacía de aquel ocaso una absoluta maravilla.





Ya en el puerto, los barcos se convirtieron en los protagonistas. Rojo, azul, verde, blanco… siempre me he preguntado por qué las embarcaciones suelen pintarse de colores intensos y alegres. ¿Será para llamar la atención y no pasar desapercibidos cuando se encuentran en medio del Océano? No lo sé. La cuestión es que esos coloridos encandilan a la vista y no puedes evitar mirar hacia ellos. Es una pena que el tiempo, en esta ocasión, no me acompañase, porque podría habarme pasado horas y horas fotografiando aquellos barcos…



Cuando ya me iba a ir del puerto, divisé a lo lejos un grupo de bateas. Estaba claro que no me podía ir de allí sin fotografiar aquello. Así que me acerqué con el coche hasta allí, me resguardé bajo una casa situada frente al muro desde donde quería apuntar mi objetivo y esperé. Tardé en conseguir que una gaviota se posase en el muro más de cinco segundos ya que todas se asustaban al verme. Hubo una que no. Esa se convirtió oficialmente en mi modelo. Curiosamente, se posó exactamente donde yo quería. He ahí una muestra de ello.


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Laxe, Tierra de marineros

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