domingo, 4 de abril de 2010

La Fiesta del Pulpo de Ponteceso pasada por agua


Quedé con unos amigos para mi nueva aventura. En esta ocasión, mi destino estaba muy claro: Ponteceso. Se celebraba la fiesta del pulpo y no podía perdérmelo, así que allí me fui. Llegué a la plaza del Relleno, situada justo en el mismo lugar en el que se desvía la carretera hacia Corme o hacia Laxe. Una carpa, no demasiado grande, cubría casi al completo la plaza, permitiendo únicamente el paso a la infraestructura que permitía proteger de la lluvia a los asistentes de la fiesta y a un kiosco que se encontraba en uno de los extremos de la plaza.

Había muy poca gente. Bastantes mesas pero casi ninguna ocupada.En la entrada, se encontraba una banda de gaitas formada por cinco jóvenes que amenizaban la fiesta.


Al fondo, una barra metalizada cubría casi todo el ancho de la carpa. Un hombre en la caja, dos mujeres sirviendo las bebidas y la comida en frío, otro hombre encargado de la plancha y de la cazuela en la que se hervían los mejillones y, justo al otro lado de la barra, una hombre preparando el pulpo.

Todo tenía un orden. Primero había que pedir la comida y pagarla. El hombre que se encontraba en la caja te daba unas papeletas de colores en función de la comanda. La azul grisácea para el pan, la amarilla para la bebida… y así sucesivamente. Después de pagar, tenías que dirigirte a la siguiente persona, que te servía las bebidas y los alimentos fríos, como la empanada y el pan. Continuabas con la plancha: allí te servían los langostinos y los mejillones. Y por último… lo más importante: el pulpo.


Un hombre sacaba de una cazuela gigante un pulpo y te lo servía con una rapidez y precisión incalculable en un plato de madera, como es costumbre. Para los que no conozcan mucho las tradiciones gallegas, resaltaré que el pulpo se suele preparar en una cazuela de cobre para que el pulpo adquiera su sabor característico. Mucha gente que no dispone de olla de cobre, incluso, introduce alguna pieza de este material para lograr ese sabor.

Todo estaba delicioso, sin embargo, el pulpo estaba insuperable. ¡Qué sabor! Mira que me gusta mucho el pulpo y lo he probado de muchas maneras, más duro, más blando, más picante, menos… pero ninguno como este, al menos que yo recuerde, claro. Lo que es evidente es que si hubiese probado uno más sabroso que aquel, lo recordaría.

Mientras degustaba las especialidades de la casa, las niñas de la banda de gaitas se paseaban de vez en cuando por la carpa y rodeaban las mesas en las que se encontraba la gente. La lluvia se oía de fondo. Caía con mucha fuerza y de forma intermitente. Las propias gotas de lluvia formaban una melodía peculiar cuando tocaba el techo de la carpa…

Una comida muy agradable. ¡Fue una pena que la lluvia entorpeciera la presencia de más gente!

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Laxe, Tierra de marineros

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